Fue completamente inesperada y poco casual
la forma en que la conocí.
Serían las siete de la mañana,
o tal vez un poco más temprano.
Yo estaba sentada esperando un tren
que prometía no venir
y el sueño comenzaba a apoderarse
de mis ojos y mis brazos
que se dejaban caer sobre mis piernas.
Tuve que dejar ir el primer tren,
porque el nivel de alcohol
que tenía en sangre
(que, a decir verdad, no era muy alto)
no me permitía soportar viajar
apretada en uno de aquellos vagones
que estaban repletos a más no poder.
Ya era Domingo,
y el día comenzaba a asomarse sigiloso.
El frío me estaba partiendo la cara,
pero así y todo, preferí seguir sentada,
en todo caso, no tenía nada más
interesante que hacer.
El tren se fue,
y con él toda la gente apretada
y algo alborotada.
Se hizo un silencio descomunal,
yo estaba prácticamente sola.
Miré a mi izquierda: nada.
Miré a mi derecha: nuevamente nada.
Apoyé mi cabeza contra la pared que tenía
detrás de mi asiento, y cerré los ojos.
Me dispuse a intentar dormir el rato que me quedaba.
La cuestión es que nunca logré dormirme,
así soy yo.
Pasaron unos siete minutos,
yo seguía con los ojos cerrados,
y sentí algo moverse al lado mío.
Sobresaltada, abrí los ojos
y pegué un saltito con todo el cuerpo.
Ahí estaba: un metro sesenta y cinco,
vestido negro que dejaba verle hasta el cielo,
botas negras, pelo castaño que le llegaba
hasta el horizonte en la parte de atrás
y un par de ojos tristes y miel.
Tenía el maquillaje corrido,
los párpados negros.
Estaba llorando muy silenciosamente.
Sentí así como de golpe el impulso de preguntarle
qué le ocurría, necesitaba saberlo...
Le dije: "¿Qué ocurre? Si quieres podemos hablar"
No respondió, siguió llorando en silencio.
Y yo, que me creía hasta ese momento toda
una experta en materia de mujeres,
no sabía qué hacer ni qué decir.
Luego de algunos minutos,
le tomé la cara con fuerza y le adherí
un beso en los labios.
Fue lo único que se me ocurrió hacer,
y aún teniendo casi toda la certeza
de que iba a rechazarme,
me arriesgué igual,
una vez más me arriesgué en la vida.
Y, ¿saben?, qué inexplicablemente hermoso riesgo
decidí tomar...
¿Para qué hablar del intervalo
si fue más emocionante y ardiente
el segundo tiempo?
Como no había más que un hombre
panzón y con bigotes parado en el andén,
nos metimos corriendo en el baño más sucio
que había visto en mi vida entera;
pero, ¡por Dios!, ¿a quién podría
importarle en qué estado estaba el baño
con ella delante de mis ojos
abriendo sus extremidades
dejándome ver ese infierno y ese cielo
dispuesto a ser mío?
(Sí, adivinaron, no llevaba ropa anterior,
qué majestuoso atrevimiento, ¿verdad?)
Se aferró a algo que había en la pared
del cubículo diminuto en el que estábamos
y yo la tomé por las caderas con algo más que fuerza,
posando sus piernas sobre mi cintura.
No puedo explicar de manera alguna
la humedad que emanaba de su sexo,
no, sinceramente no podría hacerlo.
No pude evitar comunicárselo,
y ella, que era desvergonzada como ninguna,
me dijo entre gemidos: "A ver si es verdad que estoy como dices..."
y comenzó a tocarse delante de mis propios ojos.
Hoy creo que deberían haberla arrestado
por semejante precioso acto del cual fui
única espectadora en primera fila.
Así la fui haciendo mía,
la fui haciendo mía hasta que no pudo más,
hasta que me pidió no más.
Y al terminar se irguió sobre mis caderas,
gimiendo exaltada y agitada,
con la respiración entrecortada.
Me miró y me dijo:
"Ya olvidé,
pero ahora de ti estoy enamorada."
-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-
De tantos líos que me meto,
el tuyo ha sido tan total...
Pero ahora busco la forma mejor
de que me olvides y olvidarme yo.
Les prometí terminar aquél escrito!
El fragmento al final es de una canción que
no se relaciona con el escrito en sí,
pero esa estrofa es lo que sentí al ponerle el punto final.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario