Una canción desconocida me trae esa puntada en el pecho de la cual no puedo disimularme a mí misma su significado. Quizás por las varias veces que la sentí, quizás por algo que me contaron, pero simplemente no puedo decir que no sé lo que significa.
Algunas lágrimas empiezan a caer. Sin duda, no son las mismas que ayer; la herida ya cicatrizó. Pero a veces la recuerdo...
Lo pienso con detinimiento unos minutos. Y no, no la recuerdo a ella; recuerdo mi amor, lo que llevé adentro mío, ese que sentí en el pecho, subiéndome desde el estómago, saliendo por todos mis poros.
Acto seguido, me repito que está mal, que no debería, que ya pasó el tiempo de hacer estas cosas. Pero, después de tantos días, ya dejó de estar mal. Dejó de estar mal porque crecí, porque aprendí, porque ya no lloro por vos, por tu esencia, por tu cuerpo, tu pelo, tus ojos y tu boca de mujer que JAMÁS fueron míos; lloro porque me emociona ver que siento así, que puedo amar así. Hoy, hasta tengo la casi certeza de que también me aman así (o aún más...).
Ya aprendí a no necesitarte. Ya no te seguís durmiendo conmigo, porque ahora, cuando mi nariz se apoya en mi almohada, no siente más tu perfume; y tampoco te despertás conmigo, porque ahora, cuando abro mis ojos, lo primero que pienso es cualquier cosa menos vos.
Yo que te hubiera entregado la vida, yo que soñé una vida con vos, yo que hice tuyos mis hijos, yo que te di lo más hondo en mí, yo que me creí parte de tu vida, yo que te elegí, para mal o para bien pero te elegí, yo que era capaz de enfrentarme a mi familia si hacía falta, yo que te quise cuidar, yo, yo no me culpo más; yo te dejo ir, hoy, otro poco más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario